21 febrero 2007

Entre gringos

Miró a través del vidrio y se abrazó a su vaso gigante de café late con vainilla y algo más que no pudo entender y mucho menos detectar al tragar el líquido tibio. Jugo de paraguas, pensó en castellano. Se sentó en una butaca alta, junto a un pequeño mostrador sobre la vidriera y se creyó una mercadería en exposición. No lo era. Le llevó un buen rato darse cuenta de que nadie la miraba. Nadie miraba a nadie. Esa gente que pasaba rápido, apretándose a sus abrigos, no se miraba. Los ojos no se cruzaban en ese fugaz instante de deseo, contemplación, admiración, desinterés o desesperación. Y sintió tantas ganas de volver a casa...

07 febrero 2007

Celebración vernácula

Comida china
Vino chileno
Película inglesa
Tabaco cubano
Ron venezolano
Hay aniversarios que mejor atravesarlos así, con una buena dosis de mínimos gustos internacionales.

29 enero 2007

Habitantes

A los que dicen que no tengo nada en la cabeza, pues bien, hoy puedo demostrar que no es verdad: tengo piojos.
Me pregunto cómo pude sobrevivir una escolarización tipo -dos años de jardín de infantes; siete de primaria; cinco de secundaria- inmune al contagio, para finalmente caer en las garras de las liendres a la edad en que se empiezan a peinar canas.
Ah, sí! Otro de los encantos de la maternidad...

25 enero 2007

Pan

Salgo a comprar el pan. Son las doce menos diez, tengo tiempo para ver las campanadas de la iglesia. En la plaza busco un banco a la sombra de un tilo. Faltan dos minutos para que el día se parta en dos con el tronar del campanario donde, dicen, mora un dios. Espero. Un hombre que alguna vez fue rubio y con cara de viejo pasa caminando lento por la vereda. Lo miro. No lo conozco. Me mira. No me conoce. O sí, porque desanda unos pasos y se para frente a mí.
Hola, soy Juan. Fuimos juntos a la primaria.
Desde la última vez que nos vimos pasaron veinticinco años. ¿Tanto?
Lo miro bien. No tiene cara de viejo; tiene cara de enfermo.
Nos despedimos con la promesa de encontrarnos a cenar el próximo jueves.
Vuelvo despacio a casa. No escuché las campanadas. El calor y el roce con la infancia, los años y la muerte, me aprietan el pecho. Me olvido de las flautitas, pero no intento pasar por la panadería. Religiosamente, todo el pueblo cae en un pesado sopor a partir del mediodía, en punto. El panadero se atreve a romper esa regla no escrita cada día, pero su rebeldía sólo llega hasta las doce y cuarto. Luego, baja la persiana. Y ya es tarde.

22 enero 2007

Siesta en colores

Azul cielo
Blanco nube
Verde pino

25 diciembre 2006

Identidad

Un día –prefiero no recordar para qué- necesité un nombre distinto al mío. En mi mesa de trabajo un diario abierto en una nota sobre mujeres argentinas fundamentales, me dio el apodo que necesitaba. Y así fui, también, Juana.
Pero a las pocas semanas, Juana empezó a andar su propio camino. Se animó a hacer cosas que yo no me atrevía y hasta empezó a escribir. Abrió un blog y se apropió de mis ideas, me robó el alma y se quedó con mis perecederos pequeños logros.
No tuve más remedio. Ayer la encerré en un cajón. Debí haberla matado, pero por exceso de amor o por falta de coraje, no pude. Además, sé que alguna noche triste voy a tener ganas de tomar un vino con ella.
Hoy vuelvo a ser Daniela.

18 diciembre 2006

Me gusta...

... el vino. tinto
... los hombres. morenos
... los alfajores. de chocolate
... la noche. en silencio
... las mujeres. suaves
... los cigarros. cubanos
... algunas canciones. en castellano
... los niños. a veces
... dormir. sin pesadillas

27 noviembre 2006

Tiempos verbales, tiempos mortales

El Tata tiene 20 años. Toca la guitarra y da clases. Tiene un autito, un celular y todos los días almuerza en su casa, con sus padres. Trabaja en el taller de la esquina y es un pibe tranquilo.

Todos hablan de él en presente. Pero el Tata ya no toca, ni maneja, ni enseña, ni es.
El domingo se descerrajó un tiro en la cabeza.

15 noviembre 2006

Vientos

El aire olió a tormenta todo el día. Soplaron ráfagas trágicas y de malos augurios. Al caer la tarde, empeoró. El silbido del viento horadó el espíritu y cuando llegó la noche todo era vacío. Y oscuridad.
Otra vez.
Otra vez y sin guarida.

01 noviembre 2006

Mi nuevo amor

Tal vez porque éste ha sido un año largo. O porque no me supe administrar. O porque no era una ración suficiente. La cuestión es que hace unos días, cuando me espantaron con el último e intrascendente desencanto, me di cuenta que se me había agotado la reserva de Negris.
Anduve unos días como desorientada, como vacía, como triste. Pero el sábado todo cambió.
La solución me esperaba en el Blockbuster de mi barrio. Allí, a todas las horas imaginables, cumpliendo el más estricto horario laboral, trabaja Lucas. Nunca cruzamos más de tres o cuatro palabras ("¿Llevás Flores rotas?"; "Sí"; "La peli es hasta el martes"; "Ok"; "¿Querés aprovechar la promoción de Tofi?"; "No, hoy no"; "Que la disfrutes"; "Gracias"), hasta que me dí cuenta que al final de cada frase, Lucas agrega la palabra mágica: "¿Llevás Flores rotas, Negri?"; "La peli es hasta el martes, Negri"; "¿Querés aprovechar la promoción de Tofi, Negri?"; "Que la disfrutes, Negri". Y así.
Apenas me di cuenta (y lo tenía tan cerca..!!) me compré un pase de 30 películas para 30 días. Ahora lo visito a diario, alquilo series y films que casi nunca veo y me vuelvo a casa con el último "Negrita" de la noche. Me parece que ya sospecha algo de lo que busco cada noche en su reino azul y amarillo, porque ayer me alargó la charla:
- ¿Llevás Cama adentro, Negri?
- Sí
- Es hasta el jueves
- Bueno
- Y supongo que también vas a llevar la promoción de dos Vauquitas por un peso, Negri
- Suponés mal
- Siempre me decís que no, Negri...
- ... (y yo me morí de amor por mi chico del Blockbuster)

30 octubre 2006

Sábado

Rosa llegó a las dos, como siempre, al comedor comunitario. Venía de lejos, pero su trabajo de mucama terminaba temprano los sábados, y aunque la patrona le pidiera algún mandado más fuera de su horario, siempre llegaba a tiempo a La Boca. Escuchó el final de la reunión sobre microemprendimientos, confirmó que ayudaría el martes en la cocina y se encerró con otras tres mujeres en la mínima salita descascarada que les sirve de salón de clases. Esa tarde aprendió a diferenciar números pares de impares y que la numeración de las calles va de cien en cien. Pero lo que más le sorprendió fue enterarse que en una vereda, todos los números son pares y enfrente, impares.

Lucía se despertó tarde, mucho después del mediodía. Puso en cd de Nina Simone, se preparó una taza de té de vainilla con galletitas de avena y se sentó en la computadora, junto a una ventana por la que le llegaba el rumor del trajinar de la avenida Coronel Díaz. Mientras le duraba la modorra tras una noche larga de tragos, pasó por lo de Charlotte y la atrapó un texto, en inglés, sobre Jane Birkin y la cartera de Hermés. Google completó la información; no tenía idea que ese bolso fuera tan célebre, tan difícil de conseguir y tan, pero tan, caro.

Rosa cerró su cuaderno, guardó el lápiz y la goma en una bolsa de plástico y juntó las monedas para el colectivo.
Lucía se sumergió en un baño de sales y dejó que el agua tibia con olor a jazmines le relajara el cuerpo.

“Todos los días se aprende algo nuevo”, pensaron. Casi al mismo tiempo.

25 octubre 2006

...

Empezaron a florecer los jacarandáes.
Y yo, acá...
Sin ...
Con tanta ...
Y tantas ...
Pero sobre todo, sin ...

05 octubre 2006

Hoy

Es uno de esos días en los que podría besarte y tomar vino, impunemente, toda la noche

22 septiembre 2006

Para vos, con cariño

Finalmente me animé y fui a la presentación del libro. Me senté en la última fila y traté de sentirme como la francesa de esa película, que se reencuentra en París con el chico del tren, nueve años después. No hubo caso. Yo no soy rubia, no sé la diferencia entre bonjour y bonsoir, no me interesa luchar contra el hambre y la injusticia y, sobre todo, vos no te parecés nada a Ethan Hawke. Así que me senté en el fondo y me sentí como yo misma, lo que significa que me sentí como el culo.
Escuché cada palabra, cada chiste estudiado. Y como las cartas estaban echadas y nada quedaba por perder, compré un ejemplar y lo llevé hasta tu escritorio. Sin levantar la mirada, preguntaste mi nombre y escribiste a las apuradas: Para Verónica con cariño.
No me miraste. No me hablaste. Pero escuchaste el ruido de vidrios rotos cuando revoleé el ejemplar de 486 páginas contra las copas y botellas de vino que celebraban tu éxito. En realidad creo que escuchaste. No estoy muy segura. Tuve que salir corriendo, comprenderán.

06 septiembre 2006

Cabildo

Cómo no me voy a acordar de la primera vez que vi el Cabildo. Si debe haber sido uno de los días más felices de mi vida. El Carlos me invitó como dos semanas antes. El sábado ocho de noviembre andá avisándole a tus viejos que nos vamos a pasear a la Capital, me dijo. Yo estaba chocha pero ni se me ocurrió contarle a mi mamá que me iba a ir tan lejos con el Carlos. Imagínese, yo tenía apenas dieciséis y estábamos de novios hacía cuatro meses. Le dije que me iba con mi amiga Graciela a pasear por la feria y después al cine y después no me acuerdo qué más. Yo de Padua nunca había salido. Así que estaba como loca de contenta. Me acuerdo que me puse los zapatos blancos con taco que me había regalado mi abuela Chola para los quince. Preciosos eran, tenían un moño agarrado con una hebilla dorada. La Gracielita me prestó una pollera azul con lunares blancos. Bueno, le sigo contando. La cuestión es que tomamos el tren enseguida de almorzar. Ahí el Carlos se enojó un poco porque la Graciela llegó tarde a buscarme y él tuvo que esperar como media hora parado en la esquina. Encima, hacía un calor de morirse. Como le decía, cuando llegamos a Once el Carlos me llevó a tomar el subte a Plaza de Mayo. Y vio que yo soy una arrebatada, no?, bueno encaré de lo más decidida y ahí nomás me quedé atrancada en el molinete del subte. Ni pa´tras ni pa´delante podía ir. Qué sabía yo que había que ponerle una ficha. Entonces, así como estaba con los tacos y la pollera, me agaché y pasé el molino en cuatro patas. Madre de dios, cómo me retó el Carlos. No ves que no se te puede traer a ningún lado, me decía. Qué va a decir la gente, sos bruta, eh, me machacaba. Pero bueno, ya estaba hecho, soy bestia, sí, pero nadie me vio, me parece. Al final al Carlos se le pasó porque yo lo hacía reir y siempre le terminaba ganando. No como ahora, que el pobre está siempre amargado, que las changas, que la plata, que la vieja enferma, que a la hermana dos por tres la faja el marido y la marencoche. Me fui por las ramas, pero bueno, era eso lo que le quería contar. Que me acuerdo clarito que el ocho de noviembre de 1981 conocí el Cabildo. Por dentro también, fíjese. Yo me lo hacía más grande. La verdad, la verdad, me pareció como de juguete. Lo que más me gustó fue darle de comer a las palomas. Lo peor fue cuando mi viejo se enteró porque volví con un dolor de panza tremendo, y usted vio lo maricona que soy yo para los dolores, enseguida confesé que me había comido como tres paquetes de garrapiñadas y se armó la pelotera. Igual, fue una tarde hermosa. Bueno, la dejo que ya me llegan los chicos de la escuela, salúdeme a su mamá!

30 agosto 2006

Subte A

La mirada le espantó la rutina. Irguió un poco la espalda, giró apenas para ofrecer un mejor ángulo y lo dejó hacer. Un poco en agradecimiento. Sabía en carne propia cuánta verdad se amontona en los versos de ese cantor que dice que los hombres nunca buscan en el escote de las feas. Otro poco por compasión. Le despertaba cierta ternura el traje gris, la corbata azul con discretas pintitas rojas, el maletín negro símil cuero, el anillo de oro en la mano izquierda, la bolsa de papel que descansaba a sus pies con una camisa dentro de su envoltorio de celofán. Imaginó que era el regalo de cumpleaños de su esposa que debía cambiar por un talle más durante el horario de almuerzo.
Ella le ofrendó el escote y él lo rozó con miradas fugaces.
Él bajó en la estación Piedras. Ella siguió hasta Plaza de Mayo.

22 agosto 2006

Hasta que la muerte nos separe

Antonio era mecánico. Mecánico y solterón.
Tenía una bicicleta gris, alta, pesada, antigua, con guardabarros de chapa y asiento decenas de veces remendado. A todos lados iba en ella.
Un día cualquiera se sintió demasiado cansado para montarla. Le dolía la espalda y ya era difícil revolear la pierna al otro lado del caño gris. Nunca supo bien cuándo dejó de treparse a ella. Pero lo cierto es que nunca la dejó.
Se lo veía pasar a diario por la vereda, con la bicicleta gris suavemente tomada del manubrio. Ni del asiento, ni del caño. La mano derecha agarrando el manillar zquierdo. Siempre juntos, a paso lento, a todas partes. La alianza de compromiso era, quizás, el broche que seguía llevando en la botamanga del pantalón. Tal vez Antonio creía que algún día se iba a sentir fuerte de nuevo para encaramarse a su bicicleta. O simplemente era su compañera y punto.
Cuando Antonio murió, alguien la llevó a la puerta de la sala velatoria. Y allí quedó hasta que empezó a oxidarse. Una mañana, cuando ya empezaba a formar parte del paisaje sagrado del pueblo, simplemente desapareció. Algunos dijeron que bajo las manos de los familiares de los presos de la nueva cárcel que instalaron en las afueras de la ciudad, los mismos que provocaban un exceso de cautela en los vecinos que empezaron a cerrar las puertas de sus casas con llave. Otros culparon a la barra de pibes, esos que andaban en cosas raras, medio drogadictos o por lo menos con bastante mala facha
Ya casi nos habíamos olvidado del asunto. Pero ayer, cuando le fui a llevar unas margaritas a mi pobre Pedro, que en paz descanse, me pareció verla junto a un pino en la entrada del cementerio. Para mí que era ella, pero no sé, estaba tan cambiada.

18 agosto 2006

Liquidación de invierno

- Mamá, me queda grande...
- Bueno, el año que viene te va a quedar casi bien y el invierno de 2008 va a estar perfecta

17 agosto 2006

Linda

Hoy me voy a sentir linda todo el día. No, mejor, hoy voy a ser linda todo el día.
La sentencia emergió con fuerza, vocación y convicción debajo de las sábanas tibias antes del amanecer.
Hacia las once de la noche, con las medias corridas, el rimmel chorreado, el pelo electrizado, un cierre clavado en el vientre enfundado en el jean demasiado estrecho, los juanetes ardiendo, una cuenta de luz vencida y el aliento cargado a cigarrillo, Elena enfrentó el espejo de su baño.
Hoy fui linda todo el día.
Cuestión de actitud.

11 agosto 2006

Respeto profesional

Dicho por un taxista:
- Los taxistas de Buenos Aires se dividen en tres grupos; los señores conductores de taxi, integrado por cinco personas en toda la ciudad; lo tacheros, unos pocos miles; y los tacheros de mierda, todo el resto.
- ¿Y usted a qué categoría pertenece?
- Una vez por mes, con suerte, asomo la nariz en el tercer grupo.
- Pare en la esquina, por favor, sí, antes de cruzar, bajo acá nomás, tome, quédese con el vuelto.