Despertó mucho antes de abrir los ojos. Cada vez le tomaba más tiempo comprender si estaba despierto o seguía dormido. La realidad se había vuelto una pesadilla y el sueño, un refugio incierto.
Estaba todavía oscuro. Sintió el frío clavándosele en el los pies. Era más que eso; una humedad espesa le trepaba por los dedos, los tobillos…
Murmuró una puteada antes de doblar el colchón mojado. Maldita helada lluviosa Buenos Aires.
21 julio 2009
02 febrero 2009
Voces
Lola dio unas cuantas vueltas hasta encontrar el taller que le habían recomendado. El pueblo se parecía poco –nada- al de su adolescencia y era fácil perderse en esas calles extrañas.
Ese verano había cedido a las invitaciones de la vieja tía Irene, la única persona que la unía a esas veredas ajenas y a un tiempo que rara vez recordaba. Así que allí estaba, pasando unos días en la casa familiar.
Bajó del auto y con disgusto sintió la tierra invadiendo sus pies y sus sandalias caras. Un hombre alto, de piel oscura y ropa muy limpia la recibió con una mueca, echó una mirada a las entrañas de su vehículo y en pocas palabras le aseguró que podría acabar con ese ruido incómodo que salía del motor.
La mandó a la oficina a terminar con el trámite, dejar sus datos, acordar el pago y la fecha de entrega del auto. Lola atravesó el taller pulcro y luminoso. Parece un laboratorio, pensó.
En la oficina la recibió el penetrante perfume de los pisos recién encerados y una mujer de mediana edad, excedida de peso y con muchas ganas de conversar. Mientras Lola intentaba no ceder a los intentos descarados de la mujer que quería saber todo de esa extraña de ropa a la moda, el hombre moreno se paró en la puerta y, señalándola, habló a la mujer.
¿Te acordás que una vez te conté de mi primer amor frustrado? Es ella…
Lola dio un respingo, se detuvo en los ojos negros y los recuerdos, a todo galope, invadieron su mente. Javier había sido un amigo casual de adolescencia y un buen compañero de baile hasta que él le declaró su amor. Cosas de chicos, nada importante. Era raro que la reconociera y, sobre todo, que recordara ese episodio que ella había borrado apenas cumplió los 18 años y se fue a buscar una profesión, departamento, gustos, modales y rituales de la gran ciudad.
Él dio la vuelta en silencio y volvió a sus motores. La esposa, en cambio, quedó encantada con la visitante y sintió que tenía licencia para seguir preguntando y contando su propia vida. Rosa Susana –así se llamaba- relató el noviazgo, le mostró las fotos de los cuatro chicos, le contó sobre las esperanzas puestas en la nena mayor… Aturdida, Lola apoyó su tarjeta sobre el escritorio y casi corrió fuera del lugar sin saber cuánto le iba a costar el arreglo del auto o los días que tomaría.
Salió a la calle y el calor le golpeó el pecho. Necesitaba alejarse pronto de esa mujer parlanchina e indiscreta, reina de un taller con pisos brillantes y una vida mediocre, dueña de un hombre de ojos negros que arreglaba motores de autos y cuatro críos que sonreían aburridos para la foto familiar. Necesitaba escapar, inventarse un llamado en el celular, borrar la voz aguda y corriente que seguía sonando en su cabeza. Porque si seguía escuchándola, quizás, iba a empezar a anhelar el mundo insignificante de Rosa Susana…
Ese verano había cedido a las invitaciones de la vieja tía Irene, la única persona que la unía a esas veredas ajenas y a un tiempo que rara vez recordaba. Así que allí estaba, pasando unos días en la casa familiar.
Bajó del auto y con disgusto sintió la tierra invadiendo sus pies y sus sandalias caras. Un hombre alto, de piel oscura y ropa muy limpia la recibió con una mueca, echó una mirada a las entrañas de su vehículo y en pocas palabras le aseguró que podría acabar con ese ruido incómodo que salía del motor.
La mandó a la oficina a terminar con el trámite, dejar sus datos, acordar el pago y la fecha de entrega del auto. Lola atravesó el taller pulcro y luminoso. Parece un laboratorio, pensó.
En la oficina la recibió el penetrante perfume de los pisos recién encerados y una mujer de mediana edad, excedida de peso y con muchas ganas de conversar. Mientras Lola intentaba no ceder a los intentos descarados de la mujer que quería saber todo de esa extraña de ropa a la moda, el hombre moreno se paró en la puerta y, señalándola, habló a la mujer.
¿Te acordás que una vez te conté de mi primer amor frustrado? Es ella…
Lola dio un respingo, se detuvo en los ojos negros y los recuerdos, a todo galope, invadieron su mente. Javier había sido un amigo casual de adolescencia y un buen compañero de baile hasta que él le declaró su amor. Cosas de chicos, nada importante. Era raro que la reconociera y, sobre todo, que recordara ese episodio que ella había borrado apenas cumplió los 18 años y se fue a buscar una profesión, departamento, gustos, modales y rituales de la gran ciudad.
Él dio la vuelta en silencio y volvió a sus motores. La esposa, en cambio, quedó encantada con la visitante y sintió que tenía licencia para seguir preguntando y contando su propia vida. Rosa Susana –así se llamaba- relató el noviazgo, le mostró las fotos de los cuatro chicos, le contó sobre las esperanzas puestas en la nena mayor… Aturdida, Lola apoyó su tarjeta sobre el escritorio y casi corrió fuera del lugar sin saber cuánto le iba a costar el arreglo del auto o los días que tomaría.
Salió a la calle y el calor le golpeó el pecho. Necesitaba alejarse pronto de esa mujer parlanchina e indiscreta, reina de un taller con pisos brillantes y una vida mediocre, dueña de un hombre de ojos negros que arreglaba motores de autos y cuatro críos que sonreían aburridos para la foto familiar. Necesitaba escapar, inventarse un llamado en el celular, borrar la voz aguda y corriente que seguía sonando en su cabeza. Porque si seguía escuchándola, quizás, iba a empezar a anhelar el mundo insignificante de Rosa Susana…
25 octubre 2008
Maldita sea
Mujeres perfumadas envueltas en vestidos de gasa. Hombres de saco y corbata, en tonos oscuros. Copas de champagne en las manos. Risas. Charlas de a dos, de a tres, de a cuatro. Miradas que se buscan, se cruzan, se tocan, se alejan. Más champagne.
Y un encuentro.
Un beso un instante más largo de lo correcto, los labios un milímetro más cerca de lo que corresponde. Una mano que le quema en la espalda. Unos ojos que la atraviesan. Un recuerdo viejo que asalta impertinente y voraz: una noche de lluvia, un vestido rojo, una caricia impune sobre la piel empapada…
Afortunadamente la noche se termina, el champagne también. Llega el día, las zapatillas cómodas para hacer las compras, la comida para cuatro, el marido que vuelve cansado, la tarea de los niños, y el jarabe, maldita sea, casi se olvida del jarabe del más chico que no se cura esa tos, porque le fascinan las tormentas y se escapa siempre, el malcriado, a chapotear en el jardín cada vez que llueve.
Y un encuentro.
Un beso un instante más largo de lo correcto, los labios un milímetro más cerca de lo que corresponde. Una mano que le quema en la espalda. Unos ojos que la atraviesan. Un recuerdo viejo que asalta impertinente y voraz: una noche de lluvia, un vestido rojo, una caricia impune sobre la piel empapada…
Afortunadamente la noche se termina, el champagne también. Llega el día, las zapatillas cómodas para hacer las compras, la comida para cuatro, el marido que vuelve cansado, la tarea de los niños, y el jarabe, maldita sea, casi se olvida del jarabe del más chico que no se cura esa tos, porque le fascinan las tormentas y se escapa siempre, el malcriado, a chapotear en el jardín cada vez que llueve.
29 julio 2008
Una escena, dos vidas
Era un verano como tantos. La casa de Mar del Plata le quedaba un poco grande a él y a su mujer, ahora que los chicos preferían otros rumbos lejos de la mirada paterna.
Esa tarde de enero estaba gris y ventosa, así que Pedro se recostó en la cama matrimonial a dormir la siesta. El infarto lo sorprendió soñando con una ruta solitaria. Pero una mano le oprimió el pecho, unos labios le soplaron vida y el viejo corazón volvió a latir. Cuando se despertó ya había tomado la decisión de vivir a fondo el tiempo que le quedara. Buscó a esa mujer rubia y jovencísima que había sido la locura de sus últimos meses, se fueron a vivir juntos y hasta volvió a gozar con un niño recién nacido en brazos
Era un verano como tantos. Le gustaba andar descalza por la casa grande y casi vacía de Mar del Plata, perfecta para ella y su compañero desde hacía 27 años.
Era una tarde fresca y nublada, ninguna opción parecía mejor que una siesta. María se recostó en la cama matrimonial sobre una pila de almohadones y se entretenía con una revista de chismes cuando escuchó un ronquido extraño en el hombre que dormía a su lado. Desde algún rincón oscuro de su cerebro supo lo que debía hacer. Los golpes en el pecho, la respiración boca a boca. Las maniobras justas en el momento justo que le devolvieron la vida a quien iría a vivirla sin ella.
Esa tarde de enero estaba gris y ventosa, así que Pedro se recostó en la cama matrimonial a dormir la siesta. El infarto lo sorprendió soñando con una ruta solitaria. Pero una mano le oprimió el pecho, unos labios le soplaron vida y el viejo corazón volvió a latir. Cuando se despertó ya había tomado la decisión de vivir a fondo el tiempo que le quedara. Buscó a esa mujer rubia y jovencísima que había sido la locura de sus últimos meses, se fueron a vivir juntos y hasta volvió a gozar con un niño recién nacido en brazos
Era un verano como tantos. Le gustaba andar descalza por la casa grande y casi vacía de Mar del Plata, perfecta para ella y su compañero desde hacía 27 años.
Era una tarde fresca y nublada, ninguna opción parecía mejor que una siesta. María se recostó en la cama matrimonial sobre una pila de almohadones y se entretenía con una revista de chismes cuando escuchó un ronquido extraño en el hombre que dormía a su lado. Desde algún rincón oscuro de su cerebro supo lo que debía hacer. Los golpes en el pecho, la respiración boca a boca. Las maniobras justas en el momento justo que le devolvieron la vida a quien iría a vivirla sin ella.
03 julio 2008
A ordenar, a ordenar
Se mezclaron las camisetas con la bufandas; los días con las noches; los hombres; las risas con los arrepentimientos; los esmaltes de uñas con los labiales; la pimienta con el azúcar y el vinagre; las sábanas con mujeres; las películas con la vida; el asfalto con las lágrimas y los miedos; las siestas con las caricias; los amores con los odios; la compañía con la soledad; los gritos con el silencio; el triunfo con los brindis; los brindis con los fracasos; las ganas con el rechazo; el pueblo con la ciudad; los desconocidos con la esperanza; los miedos con otros miedos; las letras con los números y el punto final…
08 mayo 2008
Kiosco
¿Qué es la felicidad?
¿Existe?
¿Cuánto dura?
¿Soy feliz?
¿Lo seré?
¿Cuándo?
¿Dónde?
¿Cuánto cuesta?
¿Cuánto?
No, dejá. Mejor dame una vauquita.
16 abril 2008
Años
El primer invierno de casados, un poco por falta de recursos y otro debido a tanta juventud y bríos, sólo nos abrigamos en la cama con un acolchado.
El segundo invierno compramos una frazada.
Al tercero empezamos a dormir con pijama.
El cuarto, instalamos una estufa en la habitación.
El quinto, tuvimos una hija.
El sexto año sólo hablamos de pañales y papilla
El séptimo no nos hablamos
El octavo elegimos jardín de infantes y niñera nueva.
El noveno ahorramos…
… para irnos a Venecia en el décimo aniversario
El decimoprimero nos propusimos cambiar el departamento
El 12º descubrí que tenía una amante
El 13º medité sobre mi vida
Hacia el 14º decidí que era mejor no hacer grandes cambios y seguir ahorrando
El 15º nos encontró en casa nueva, con jardín y pileta
El 16º nos compramos un televisor de 29 pulgadas
El 17º nos aburrimos
La mayor parte del 18º hicimos terapia de pareja
El décimo noveno empezamos a planear el cumpleaños de quince de la nena
El 20º festejamos primero, y miramos las fotos, después
El 21º retomamos la terapia de pareja y cambiamos el auto
Nos tomamos el 22º para pensar si queríamos seguir juntos
El año 23 dejamos de pensar y compramos un plasma
El vigésimo cuarto batimos el récord de 20 años seguidos veraneando en el mismo lugar.
En mayo del año que íbamos a cumplir las bodas de plata, él se murió.
El primer año lloré. El segundo empecé a viajar: Cuzco, Turquía, Rusia, Grecia, el Tíbet, París. Me compré una laptop y abrí este blog. Hace veintitrés días llegué a La Habana. ¿Saben?, es una tarde preciosa frente al malecón.
El segundo invierno compramos una frazada.
Al tercero empezamos a dormir con pijama.
El cuarto, instalamos una estufa en la habitación.
El quinto, tuvimos una hija.
El sexto año sólo hablamos de pañales y papilla
El séptimo no nos hablamos
El octavo elegimos jardín de infantes y niñera nueva.
El noveno ahorramos…
… para irnos a Venecia en el décimo aniversario
El decimoprimero nos propusimos cambiar el departamento
El 12º descubrí que tenía una amante
El 13º medité sobre mi vida
Hacia el 14º decidí que era mejor no hacer grandes cambios y seguir ahorrando
El 15º nos encontró en casa nueva, con jardín y pileta
El 16º nos compramos un televisor de 29 pulgadas
El 17º nos aburrimos
La mayor parte del 18º hicimos terapia de pareja
El décimo noveno empezamos a planear el cumpleaños de quince de la nena
El 20º festejamos primero, y miramos las fotos, después
El 21º retomamos la terapia de pareja y cambiamos el auto
Nos tomamos el 22º para pensar si queríamos seguir juntos
El año 23 dejamos de pensar y compramos un plasma
El vigésimo cuarto batimos el récord de 20 años seguidos veraneando en el mismo lugar.
En mayo del año que íbamos a cumplir las bodas de plata, él se murió.
El primer año lloré. El segundo empecé a viajar: Cuzco, Turquía, Rusia, Grecia, el Tíbet, París. Me compré una laptop y abrí este blog. Hace veintitrés días llegué a La Habana. ¿Saben?, es una tarde preciosa frente al malecón.
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